Bienvenidos a mi diario. Este será mi espacio en Internet, en donde podré expresarme libremente, sin que nadie me silencie de forma arbitraria. Publicaré mis opiniones personales, experiencias, relatos reales y ficticios.
En ningún momento pretendo que el contenido de esta página sea objetivo, imparcial o trascendente. Al contrario, se nutrirá de vivencias personales, subjetivas, una mezcla de realidad y fantasía. Cosas sin importancia para el lector casual. Pero con trascendencia para mi y quizás para alguno de vosotros/as también.
Me veo obligado a advertir que, en algunos pasajes, lo aquí publicado puede herir alguna sensibilidad o contener expresiones que resulten poco adecuadas para algunas personas o edades. Por ello aviso a todos que esta es una página para personas adultas, en el sentido más amplio de la expresión.
SalU2.
06-11-2008
Relato dedicado a Dime Koxitas.
Dicen que, cuando vas a morir, toda tu vida pasa en un instante por tu cabeza. Tal vez sea cierto. Pero hablando con algunas personas que han estado a punto de fallecer, me han contado algo ligeramente distinto. Me decían que, en el momento fatídico, vinieron a su mente escenas que habían sucedido unas horas antes. Momentos aparentemente sin importancia, pero emotivos, que suelen formar parte de las impresiones que deja alguien en tí. Ráfagas en nuestra memoria de breves detalles que, sin embargo, dejan huella.
Cuando conducía por la autopista a 140 km/h camino a casa, en medio de la noche, me preguntaba qué sería lo que vendría a mi mente si de repente algo se cruzara en mi camino y me llegara la hora final. No había ninguna duda: ella. Ella y su flequillo cayendo sobre su ojo derecho, mientras mi mano apartaba su pelo. Ella con una lágrima en los ojos y diciéndome exigente "creo que hay algo que tienes que decirme". Ella rompiendo mi cinturón con intención de bajarme los pantalones, demostrando lo chica mala que puede ser. Ella abrazada a mi despidiéndose hasta quién sabe cuándo.
He de haceros una advertencia. Quizás, cuando lleguéis al final de mi relato, os sintáis decepcionados. Os gustaría leer una historia en donde hay una cita, una comida romántica, un final apasionado entre las sábanas y una despedida lacrimógena. ¡Qué típico!. Pues va a ser que no. No fue la cita perfecta. Pensaréis que he desperdiciado una buena oportunidad de tener sexo y la he convertido en una cita tardía, una comida interminable, una obstinación inaudita por mi parte en resistirme a sus encantos, un enfado... y una vieja en silla de ruedas que debe estar acordándose de nuestros muertos.
Sin embargo, yo no pienso así. Lo que surgió durante esta cita es mucho más sutil. Para darse cuenta hay que saber leer entre líneas, entre los detalles. Y la cuestión de fondo es que, en la vida, lo que es de verdad importante no se consigue como si fuera una carrera de 100 metros lisos... sino como una carrera de fondo. Para correr los maratones que la vida te ofrece hay que saber llevar el ritmo y no intentar ganarlo todo en los primeros metros. La amistad, el amor, un hijo, la vida misma... todo lo que merece la pena lleva su tiempo y cada cosa tiene su propio ritmo. En vez de dejarse llevar por la prisa que lo invade todo como un cáncer, ¿por qué no disfrutar de cada etapa, alimentar los sentimientos, cimentar la confianza, hacer crecer el cariño?. Así, cuando lleguen las etapas más gozosas, será algo lleno de placer y ternura... quedará para siempre como un recuerdo imborrable.
Todo comenzó unos días antes, cuando nos citamos. Hubo algunas dudas, sobre todo por mi parte, pero al final ella insistió en que tenía que ser en esa fecha. Y ahí estaba yo, saliendo del aparcamiento subterraneo. Era un poco más tarde de las 12:30 y no daba señales de vida. "Deje un mensaje al oir la señal". ¡Qué raro!. Sale su buzón de voz y ya debería estar aquí. Decidí hacer tiempo y estuve paseando por largas avenidas, observando a la gente en su ir y venir, apresurados. Cuando me cansé de pasear, miré el reloj y no me gustó nada lo que vi. El tiempo pasaba y seguía sin saber nada de ella. Volví sobre mis pasos y, antes de bajar al aparcamiento, decidí dar una última oportunidad a nuestra cita. La volví a llamar, pero de nuevo contestaba el maldito buzón de voz. Le dejé un mensaje. "Cielo, es la una y no apareces ni contestas al teléfono. No entiendo lo que te ha pasado. Si es que no quieres verme, al menos haberlo dicho. Me marcho". Colgué con una amarga sensación.
Monté en el coche, encendí el motor y las luces... y ya estaba a punto de ponerme en marcha cuando sonó el teléfono. Era ella. Me parecía imposible, allí abajo, sin casi cobertura y en el preciso instante en que ya me marchaba. Justo a tiempo. Su voz estaba entrecortada, no se entendía y, apenas iniciada la conversación, se cortó la llamada. Así que salí al exterior y aparqué en una calle próxima. Al fin pudimos hablar por teléfono y no pasaron muchos minutos hasta que se abrió la puerta del coche. Era ella. ¡Por fin!.
Me puse en sus manos y dejé que decidiera por mi. Me propuso ir a una zona de la ciudad donde hay un centro comercial con un restaurante. Mientras ella no paraba de hablar, como si fuera una de las ardillas de Chip & Dale, yo le preguntaba: "¿ahora por dónde voy, a la derecha o a la izquierda?. Ella, riendo irónica contesta: "uy, no se dónde está la derecha o la izquierda, pero tú vete por ahí".
Llegamos y dejamos el coche en el parking subterráneo del centro comercial. Subimos al restaurante y tomamos un par de crianzas en la barra. "Me gusta el vino" me dijo desvergonzada.
Hasta ese momento no había tenido tiempo de verla bien. Permitidme que me detenga en el relato para describirla. Tiene la apariencia de una chica muy sencilla, natural, sin artificios ni adornos, de 25 años, aunque seguro que debe tener alguno más. Es una guapa morena, con un hermoso pelo liso que caía a ratos hasta la mitad de la espalda, y a ratos por encima de sus pechos. Delgada, pero tampoco demasiado, con carnecita donde una mujer debe tenerla. Si de un plato se tratara diría que estaba en su punto, justo para sazonarla y meterla en el horno con unas patatitas. Por supuesto, con un poco de perejil, como manda Karlos Argiñano. Quedaría deliciosa.
Bueno, dejemos ahí los comentarios caníbales estilo Hannibal Lecter, y prosigamos con la descripción. Su carita ovalada, con un luminoso cutis blanco, una naricita y unos bonitos ojos negros, tan expresivos que hablan por si solos. Una boca de labios suculentos y una sonrisa de adolescente, que prodigaba generosa, con sus blancos dientes. Completa su rostro el flequillo ladeado y sus gestos, a medio camino entre la inocencia y la picardía, y ya tenéis la descripción de una chica con ángel, arreglada tan sólo con unos ligeros toques, dándole ese aspecto de esa vecinita que siempre te gustó, un poco de "femme fatale" y otro poco de chica Almodovar.
Vestía con una cazadora y debajo una blusa holgada color chocolate, de amplio escote y mangas cortas. Quedaban a la vista su terso cuello y sus suaves brazos, carentes de vello en su totalidad. De sus pechos, pequeños pero insolentes, hablaré mas adelante, pues merecen un capítulo aparte. Sus manos aniñadas, cuidadas pero sin ningún adorno, a excepción de unas uñas cortas pintadas de negro. Por último, llevaba puesto un ajustado pantalón chocolate, a juego con el color de la blusa, marcando sus formas femeninas, y unas botas.
Nos sentamos a comer y ella seguía tomando la iniciativa. Cuando le señalé una mesa cerca de la ventana, me responde decidida y coqueta: "no, mejor ésta del fondo, que esa tiene mucha luz y se me ven las imperfecciones". ¿Qué imperfecciones, me pregunté para mis adentros?.
Comimos y hablamos. Bueno, hablamos sobre todo. Y reímos, bromeamos, criticamos, nos pusimos serios. No me preguntéis sobre qué, porque hablamos de todo. Y aunque me parecieron diez minutos, fueron horas. Cuando nos quisimos dar cuenta eran las seis de la tarde. Cuando uno está a gusto, el tiempo vuela.
A algunos lo que voy a relatar a continuación les parecerá increíble. A mi también me lo parece cuando me pongo a recordarlo. Y es que ella, cuando nos marchábamos del restaurante, empezó a reclamar su "postre". Quería hacer el amor conmigo. Me lo dijo con desparpajo y con toda naturalidad. No se a vosotros, pero a mi estas cosas no me pasan todos los días. Así que yo no estaba muy seguro de si estaba hablando en serio o era una broma. En todo caso, yo creo que la explicación estaba en el vino. Le expliqué que me tenía que marchar pues se me había hecho tarde. Y que si me quedaba con ella, sería para estar un buen rato y a esas horas ya era imposible. A mi me gusta disfrutar del sexo con tranquilidad, no al estilo "fast-food" (bueno, en esta ocasión sería más bien fast-fuck). Y que quizás en otra ocasión.
Respuesta: "¿queeeeeeé? ¡oye, no me toques los huevos!". Su mirada asesina no dejaba ninguna duda de que estaba hablando en serio. El caso es que, mientras trataba de explicar lo inexplicable, al entrar al ascensor, se enredó en mi como una boa constrictor y me plantó unos besos que me dejaron la mente en blanco. ¡Madre mia, qué besos!. Seguimos discutiendo sobre qué hacíamos, mientras ella se ponía muy mimosa. Subimos y bajamos en el ascensor como veinte veces, con idéntico tratamiento en todos los viajes. El ascensor del amor. No penséis que, cuando la puerta se abría, ella se cortaba un pelo. Había que ver la cara de la gente al vernos haciendo el boca a boca y abrazados como dos locos... para morirse de la risa.
Ella: "¡ vamos al cine !".
Yo: "¿ pero para ver el qué ?".
Ella: "¡ da igual, venga !".
Yo (ridículamente angustiado): "¡ pero si la peli estará empezada !".
Ella (riéndose de mi): "¡ veeeenga, dale, da igual !".
Subimos al cine que se encuentra en el centro comercial. Pero no había nadie en la taquilla. Me "salvó" la campana. Ahora me doy cuenta perfectamente de que, si llegamos a entrar, ella me da matarile allí mismo. Y al final de la sesión, los espectadores nos hubieran terminado aplaudiendo a nosotros. Yo creo que incluso nos hubieran regalado pipas y palomitas de maíz.
Pero como no había nadie vendiendo entradas, de nuevo fuimos al ascensor del amor. Aparece una anciana en silla de ruedas. Dudamos, pero decidimos bajar con ella y llevarla a la salida. Ya sabéis, para hacer la buena acción del día y eso. Ella nos mira como diciendo "uy, que parejita mas mona. Y son tan amables". Pues al final no fuimos capaces de saber dónde estaba la salida del centro comercial. Recorrimos con la vieja todas las plantas, la subimos y bajamos del ascensor como siete veces. Y para colmo, la dejamos tirada en un rellano y nos tomamos las de Villadiego. Menuda ayuda la nuestra. Si alguno de vosotros lee en un periódico que una anciana en silla de ruedas ha sido encontrada momificada en un sótano de un centro comercial, ya sabéis quienes son la pareja de cabrones responsables.
Después de dar vueltas más perdidos que un pinguino en África, encontramos el coche dentro del parking. Entramos en su interior y ahí si que no había escapatoria. Y yo ya no quería escapar. Al contrario. Me entregué a su dulce perfume, su piel, su pelo, su boca, su lengua... nos abrazamos, nos besamos, nos acariciamos. Dios mío, no sabéis qué delicia, cuánta ternura. No se cómo sucedió, pero mis manos estaban debajo de su ropa, acariciando su culito, su espalda, su cuello... Y aunque no los pude ver bien, acaricié sus dulces pechitos, con forma de copa de champagne. Y en esos momentos, lo que hubiera querido es estar en una gran cama, con ella completamente desnuda y disfrutar lamiendo esas tetitas mientras le hacía el amor bién fuerte, bién adentro. Mientras yo pensaba en eso, ella no perdía el tiempo. Empezó a desabrocharme el cinturón y el pantalón. Como el cinturón se resistía, me lo rompió directamente. Para qué andarse con txorradas. Me metío la mano y me acarició el paquete mientras no paraba de besarme. Yo ya parecía un pulpo, metiendo la mano por todos lados y sintiendo ese cuerpo voluptuoso que se agitaba a mi lado. Comencé a ponerme caliente y mi "amigo" a despertar. Ella inclinó su cabeza sobre mi entrepierna e intentó sacarme el calzoncillo con los dientes. ¡Joder, ver para créer!. De repente dió un respingo y empezó a reirse.
Ella (riendo): "uy te he manchado con lápiz de labios el slip". Me frotaba intentando limparlo.
Yo (deseando que siguiera con lo que estaba a punto de hacer): "bah, no pasa nada, tranquila".
Ella (seria): "¿no te meteré en un problema?, si te ven esto en casa...".
Yo: "nada, nada... a la lavadora y ya está".
Ella (tomándome el pelo): "pero a quién se le ocurre venir con ropa interior blanca, cómo se nota que últimamente no sale de picos pardos".
Retomamos el asunto y, mientras yo la besaba, su mano agarraba mi miembro. Pero en aquel momento, a través del parabrisas del coche, pude divisar como dos mujeres de mediana edad, con compras en la mano, venían hacia nosotros y comentaban algo entre ellas. Estaban como a diez metros de distancia, así que no creo que hubieran visto los "detalles". Pero seguro que se los estaban imaginando. Se me bajó el calentón de golpe, así que le dije que lo dejáramos, que ese no era el sitio más idóneo. Y me fui a pagar el ticket del parking.
Mientras estaba haciendo la cola en la máquina, ella apareció de improviso. Tenía la cara triste, seria, con una lágrima en los ojos. Me dijo secamente "bueno, mira, mejor me voy, ya nos veremos...". Yo, perplejo, le dije, "no, espera, no te vayas así".
Ella (enfadada): "creo que hay algo que tienes que decirme".
Yo: "mira, vamos al coche y hablamos, por favor".
Volvimos al coche. Ahora conocido como "el coche del amor" también, como el ascensor. Le pedí disculpas y le pedí que, por favor, no se fuera así. Le expliqué que no había tiempo y que yo no podía hacerlo de esa manera, dentro de un coche y en un parking subterráneo, expuestos a ser descubiertos. Ella se sentía decepcionada y rechazada. No podía enteder mi negativa.
Yo: "no hay cosa en el mundo que más desée en estos momentos que hacerte el amor. Pero no de esta manera. Si vuelves a darme una oportunidad en el futuro, te lo haré como tú te merece, como una princesa".
Volvimos con los abrazos, besos y caricias descontroladas. En un abrir y cerrar de ojos mi bragueta estaba bajada de nuevo y su mano en ella. Pero, ¡qué mala suerte!. Aparece el conductor de la furgoneta estacionada al lado y se percata de lo que nos traemos entre manos (sobre todo ella, que tenía mi pene y mis huevos bién agarrados). Así que estaba claro que ese no era el lugar. Pagamos en parking y, mientras ella hablaba con una amiga, salimos con el coche en dirección a su casa. Paramos un rato y estuvimos charlando.
Yo: "Me siento como un imbécil, si la gente supiera que he dejado pasar una oportunidad así".
Ella (indiferente): "Puedes dejarme allí adelante, no hace falta que me lleves a casa".
Yo insistí, no podía dejarla ahí. Terminamos en su barrio, en un pub irlandés. Tomamos una copa y un café, más relajados. Después de un buen rato de animada charla y confidencias, nos dimos un beso y le di un largo abrazo, como si no fuera a verla nunca más. Me quedé mirando en la rotonda mientras ella se alejaba.
Y volvemos al principio de mi historia... en la autopista conduciendo en medio de la noche. Todavía sentía su olor, su perfume, como si estuviera allí. Me daban ganas de volver y llamarla. Pero ella tiene su propia vida, sus obligaciones y personas a las que cuidar y atender. ¿Quién era yo al fin y al cabo?. Probablemente alguien que no ocupará ni una página en su vida, porque no me lo he ganado. Ella es una buena persona, entendió la situación y creo que me perdonó. Pero el que no me perdona es... yo mismo. No me puedo perdonar haber dejado escapar una oportunidad tan hermosa de estar con esta mujer, disfrutar con ella y hacerla disfrutar. Tampoco me perdono el haberla dejado con una sensación agridulce, con cierto aire de tristeza y decepción por una cita que ella considera incompleta.
Ójala haya una segunda oportunidad. Y tenga el tiempo suficiente para paladear tan exquisito manjar y llenarla de gozo y placer.
Sentado en aquel café, mirando a través de la ventana, contemplaba tranquilamente aquella mañana de finales de otoño. El sol iluminaba el barrio donde ella vive, intentando en vano calentar el aire gélido. El Amboto ya me había avisado del frío, vestido con el blanco de la nieve en su cumbre, cuando media hora antes me vió pasar por la autopista. Con estos pensamientos me entretuve mientras me tomaba un café y un te, esperando a que viniera “Dime Koxitas”. Sabía que ella tardaría en aparecer. Las princesas siempre se hacen esperar. Y por mi podía retrasarse todo lo que quisiera, porque me parecía increíble tener una segunda oportunidad de estar con ella.
Casi tres cuartos de hora después apareció resplandeciente, con su hermosa melena negra y su carita de pálida porcelana, con un ligero toque de rubor en las mejillas. Vestía de negro y por encima llevaba un bonito abrigo rojo de paño, a juego con unas botas de ante, sin casi tacón. Viéndola tan guapa pensé que, ya sólo por eso, la espera había merecido la pena. “No sabes lo que me ha costado plancharme el pelo, lo tengo hecho un asco” comentaba divertida, haciéndome partícipe de sus secretos de mujer.
Subimos a un monte que se encuentra al otro lado de la ciudad. Allí arriba hay algunos restaurantes donde se come bien, con tranquilidad y preciosas vistas. Es una zona que a ella le trae bonitos recuerdos de veranos pasados. Por el camino, ella se puso muy cariñosa y yo no opuse resistencia. Ella eligió el sitio. Como es de rigor, pedimos un par de crianzas antes de sentarnos a comer.
La carta estaba llena de platos apetitosos. Cuando estaba a punto de ordenar alguno de ellos, mi hermosa compañera de mesa me interrumpe y con soltura pide para ambos algo menos complicado, pero sabroso. Yo sin rechistar; total, soy como los cerdos, ¡como de todo! Ella se ríe y dice:
Ella: “Uy, ya sabía yo que pedirías alguna cosa rara…”
Yo: “Bueno, es que ya sabes de dónde soy…”
Mientras comíamos, como siempre, hablamos de mil cosas sobre nuestras vidas y de algunas otras muy concretas que no puedo mencionar. Siento mucho que, al llegar a esta parte del relato, pase de puntillas, sin dar ningún detalle. Pero sinceramente nuestra charla es tan caótica, tan enloquecida, que me resulta imposible acordarme de la mayor parte. Eso si, recuerdo que estuvimos riendo mucho tiempo.
Pero en un momento de la charla, yo mencioné que un día dejaríamos de vernos. Ella se marcharía de esta ciudad para empezar una nueva vida, dejando atrás sus problemas. Cuando llegara ese día, sería el más felíz de mi vida por saber que le aguardaba un futuro mejor. Pero sería también uno de los días más tristes de mi vida, porque no la volvería a ver jamás. En ese momento, súbitamente, unos tremendos lagrimones brotaron de sus ojos y cayeron por sus mejillas. Ella quedó en absoluto silencio, sin pestañear, hierática.
Yo me sentí sorprendido y abrumado. “No me digas eso” me reprochó con mohín de niña, “no me digas que no vamos a volver a vernos”. Yo le contesté “pero yo no te he dicho eso, claro que nos vamos a ver muchas veces. Pero sabes que es cierto que, un día te marcharás, y solo seré un recuerdo en tu memoria. Y para que sea un recuerdo agradable, disfrutemos del presente y aceptemos lo que nos depare el futuro”.
Creo que en esos momentos empecé a entender que nuestros lazos se hacían cada vez más fuertes y algunos sentimientos empezaban a aflorar con fuerza. Dejamos ese tema doloroso de la conversación y volvimos a nuestras bromas y confidencias. Como siempre, se nos hizo tarde y pedí la cuenta, pero la muy truhana ya se me había adelantado: “la cuenta ya la ha pagado la señorita”, me dijo el camarero.
Pusimos rumbo al centro de la ciudad. Y sin ningún rodeo, fuimos a la búsqueda de un hotel para sacarnos la espina que teníamos clavada de la vez anterior. El calvario de problemas, sucesos extraños y situaciones cómicas que tuvimos que pasar para llegar hasta la habitación de un hotel (una hora después), es digno de una película de Woody Allen.
En el primer hotel en el cual entramos, un recepcionista en prácticas ya tenía mi identificación en la mano para hacer el registro, cuando intervino el recepcionista jefe para decir que no había habitaciones libres. “Le pedimos disculpas, habíamos entendido que ustedes tenían ya una reserva”. Con esa disculpa nos despacharon. Así que de nuevo a la calle.
Justo en la entrada del hotel había una chica que estaba desesperada por hacernos una encuesta sobre unas galletas. “Dime Koxitas” escuchó la palabra mágica “GALLETA” y se transformó en Gremlin. Y aceptó que los dos hiciéramos la encuesta. ¡Hay que joderse! Aquello fue una encerrona. Primero hicimos una encuesta relativamente rápida. Pero la encuestadora nos dijo luego “ahora tienen que venir conmigo adentro y hacer la segunda parte de la encuesta y la degustación de unos productos”.
Bueno, de perdidos al río. Y al subir, otro encuestador nos sienta en sendas sillas y nos ponen delante dos galletas y un cuestionario con 50 preguntas absurdas sobre la puta galleta de mierda. Que si el color, que si el dulzor, que si la textura, que si el dibujo, que si el color, que si la madre que lo trajo al mundo. Yo ya estaba desesperado. Entre el vino del restaurante, el frío de la noche, sin habitación en el hotel, lo tarde que era, el coche aparcado encima de la acera… Y ahora la encuesta sobre la galletita de marras… que en vez de una encuesta parecía la declaración de la renta. Por cierto, la galleta era asquerosa.
Pero como dice Murphy, las cosas todavía pueden ir a peor. Siento un cosquilleo tibio en mi naríz. “¿Me estaré acatarrando?” pensé. Me palpo la naríz y siento un líquido, miro mi dedo y lo veo lleno de sangre. ¡Lo que me faltaba!. “Ahora vuelvo” digo al encuestador y me voy al lavabo. Paré la hemorragia como pude y de nuevo al salón de la encuesta. Aquello era una pesadilla, porque “Dime Koxitas” me recibe con cara de circunstancias y me dice “tienes que probar estas otras dos galletas más y rellenar esta otra encuesta también… y date prisa”. ¡Noooooo por Dios! El encuestador me pregunta “¿se encuentra bien?”. Le digo “pues la verdad que no, me siento mal con la hemorragia, así que siento no terminar la encuesta, nos marchamos”. Y nos levantamos para irnos. "Dime Koxitas" le dice, toda campechana “oye, por lo menos podrías darnos unas galletas gratis para llevarnos, por las molestias”. Yo, porque me sentía mareado, que si no me orino de la risa allí mismo.
Preguntamos en un segundo hotel y estaba lleno también. En estas fechas y en esta ciudad, que estuvieran llenos, es algo asombroso. Tanto como tener una hemorragia nasal precisamente ese día, cuando hace años que no me pasa. Ni que fuera adicto a la cocaína. Estaba claro que todo se había confabulado para que ella y yo no pudiéramos estar juntos. ¿Qué sería lo siguiente, una diarrea por culpa de la galletita de los cojones, un rayo, una multa, un atasco, me robarían la cartera o ella sería secuestrada por un comando de Al Qaeda?. Vete a saber.
Con menos fe que un ateo en una iglesia, volvimos a intentarlo en un tercer hotel. Me quedé en el coche esperando mientras ella preguntaba y ¡por fin había sitio! Hicimos el registro y ella subió a la habitación mientras yo aparcaba el coche. Luego subí hasta la planta donde estaba, pero no recordaba cuál era el número de habitación. La llamo por el móvil:
Yo: “¡Joder!, estoy en este piso pero no se en qué habitación estás.”
Ella: “¡Pues yo tampoco!”
Yo: “¡No fastidies! Pues abre la puerta y sal al pasillo.”
Ella (nerviosa y riéndose a carcajadas): “Estoy intentando abrir la puerta, pero no puedo, esta tarjeta-llave no se cómo funciona.”
Yo (riendo, desesperado): “¡Dios mío, ahora esto!, está claro que hoy no echamos un polvo. Haz ruido en la puerta para saber en cuál de las habitaciones estás… ya te oigo, espera a ver si puedo abrirla de fuera… nada.”
Ella (risas): “Uy, que me he quedado encerrada… te paso por debajo de la puerta la tarjeta para ver si… ¡no pasa!”
Yo (risas): “¡La madre del cordero!, llama a la recepción a ver si pueden enviar a alguien para que te saquen.”
Ella (risas, nerviosa): “¡Que no hay teléfono!... Espera, aquí está, ¿oiga?”
Mientras esperamos a que venga alguien del hotel al rescate, ella lo vuelve a intentar y milagrosamente se abre la puerta. Cancelamos la visita del empleado del hotel y por fin respiro aliviado, dentro de la habitación. En ese preciso instante, más que una sesión de sexo y romance, hubiera pedido un tranquilizante y un psicólogo especialista en stress.
Pero siempre hay premio para los amantes que perseveran en estar juntos. Y había llegado para nosotros, ¡por fin! Ella vuelve a tomar la iniciativa y, para romper el hielo, saca del mini-bar una botellita de cava y me pregunta si me apetece. Yo, muy maniático (“pareces Monk” me decía ella), me desnudo y me meto en la ducha y le digo que si. Ella me observa tímida, rechazando mi invitación a compartir agua y jabón. No se si fue la galletita, el vino de la comida o la horrible visión de mi trasero; el caso es que se puso a servir el cava con el vaso dado la vuelta y envuelto todavía en su precinto de plástico. La mitad del cava terminó en el suelo, entre nuestras risas. Salí de la ducha, bebimos y después ella se duchó también.
Ella salió de la ducha y se tumbó en la cama, a mi lado, desnuda. Su cuerpo era espléndido, lleno de elegantes curvas, como yo lo había soñado. Estuvimos besándonos y acariciándonos un largo rato. Yo disfrutaba de su calor, de su olor a bebé tierno, de la increíble suavidad de su piel blanca y tersa, de sus pechos adolescentes que respondían a mi lengua con el endurecimiento de sus pequeños pezones. Su pubis estaba cubierto de pelo negro perfectamente recortado.
No tardamos en entrar en situación y ella puso mi miembro entre sus labios. Mientras mi pene entraba y salía de su boca húmeda, mi excitación crecía. Después de algún intento fallido logró colocarme un preservativo y me empezó a cabalgar. Sentí como la penetraba dulcemente, sin ninguna dificultad. Me dejé llevar por la deliciosa sensación de calor y humedad de su interior. El ritmo era suave al principio, para acelerar después. Pero tuvimos que interrumpir todo porque mi naríz se había empeñado en fastidiarnos la tarde. ¡Hay que joderse! Retomamos otra vez el juego amoroso y empezamos a hacer el amor en la posición del misionero. Pero los nervios, el frío, la maldita naríz y todo el rosario de pequeñas mierdecillas acumuladas durante el día me pasaron factura y al final no pude satisfacerla como hubiera querido. Ella se mantuvo a mi lado silenciosa mientras unos breves y espaciados espasmos agitaban su cuerpo.
Pero después de un rato descansando a su lado, más relajado y animado por su ternura, volvimos a amarnos. Ella estaba bella, magnífica, mientras la cabalgaba como a una potra en la postura del perrito. “¡Cógeme del pelo!” gemía mientras yo le pedía (a lo Monk) que bajara la voz. Su larga melena negra caía por su espalda inmaculada y contrastaba con la blancura de su piel. Me excitaba agarrarla de la cadera, mientras veía sus perfectas y redondas nalgas agitarse con mis embestidas. Yo me sentía vigoroso, duro y excitado adentro, entre sus muslos. La disfrutaba, mientras mis manos surcaban su cuerpo; la acariciaba el clítoris, luego los pechos, me inclinaba sobre ella y la besaba desde atrás en su boca jadeante. Yo no quería ni podía prolongar más aquel juego. Mientras veía como el tatuaje de su nalga derecha saltaba al ritmo animal de nuestros cuerpos, me vacié entre espasmos en su interior, en un largo abrazo que me dejó temblando de placer.
Durante largo rato estuvimos abrazados. Ella se acurrucó con su espalda contra mi pecho, entre besos, caricias y dulces palabras. Pero el tiempo pasa rápido y llegó el momento de marcharse. Una hora más tarde nos decíamos adios en la maldita rotonda donde me despedí por primera vez.
Y de vuelta a la carretera, sólo ante mis pensamientos. Tengo miedo de sentir tanto, de quedar atrapado sin remedio en una emoción que me envuelve cada vez más. Soy demasiado racional para dejarme llevar por el corazón sin sentir cierto pánico. Pero hay cosas en la vida que merecen la pena. Ya he cerrado la puerta de mi corazón tantas veces a lo largo de años, que creo que es el momento de abrirme y dar lo que llevo dentro. Y no pienso en otra cosa que en nuestro próximo encuentro.
No se qué hice para merecer el haber podido estar con ella. Y menos para merecer un mensaje SMS diciendo “gracias por lo de esta tarde”. Soy yo el agradecido. Al fin y al cabo, fue una tarde un poco desastrosa. Pero así es la realidad, una sucesión de hechos imperfectos que unidos te hacen sentir que has vivido un momento único con una persona única. Fue una tarde lleno de gozo y emoción, de ternura y de pasión. Momentos que brillarán en mi memoria para siempre. A brillar mi amor, vamos a brillar mi amor…
26-11-2008
Nota 1) Cuando se menciona a Monk, se hace referencia al personaje llamado Adrian Monk, protagonista de una serie de televisión. Es un detective con caracter perfeccionista, pero lleno de manías y fobias.
Nota 2) En la frase "A brillar mi amor, vamos a brillar mi amor..." hago referencia al estribillo de la canción La Bestia Pop del grupo argentino Los Redonditos de Ricota.
Hace ya algunos meses descubrí un blog de una chica uruguaya llamada Acid. Está lleno de historias interesantes y aderezado con unos finos desnudos de esta señorita. Os lo recomiendo:
http://acid.fororelax.com
Esta es una bonita canción, con una letra llena de significado. Se la dedico a una buena amiga, ella sabe quién es. Ójala fueses mi amiga, ójala fueses mucho más que eso... Razón contra piel, pasión contra ley, corazón contra cabeza... serio problema. Cuando uno tiene sed, pero el agua no está cerca. Cuando la vida pone límites a tu corazón...
JARABE DE PALO - Cómo Quieres Ser Mi Amiga
Cómo quieres ser mi amiga
si por ti daría la vida
si confundo tu sonrisa
por camelos si me miras
Razón y piel, difícil mezcla
Agua y sed, serio problema
Cómo quieres ser mi amiga
si por ti me perdería
si confundo tus caricias
por camelo si me mimas
Pasión y ley, díficil mezcla
Agua y sed, serio problema
cuando uno tiene sed
pero el agua no está cerca,
cuando uno quiere beber
pero el agua no está cerca
¿Qué hacer?
Tú lo sabes
Conservar la distancia
Denunciar a lo natural
y dejar que el agua corra
Cómo vas a ser mi amiga
cuando esta carta recibas
un mensaje hay entre líneas
cómo quieres ser mi amiga
Cuando uno tiene sed
pero el agua no está cerca,
Cuando uno quiere beber
pero el agua no está cerca...
Verdad, mentira… las mentiras son dolorosas, pero a veces las verdades lo son mucho más. ¿Cuántas mentiras decimos a lo largo de un día de nuestra vida? ¿Cuántas mentiras sabemos que nos dicen quienes nos rodean, mientras fingimos creerlas? Mentiras con razones o sin ellas, mentiras para no hacer daño o para hacerlo, mentiras por amor o por falta de ello, mentiras por interés o para ocultar falta de interés.
Mentira, mi vida
Lo que se da y no se mira
Mentira, fundida
Por miel que evaporó mi piel
Mentira, prohibida
Debilidad que me domina
Mentira, mi vida
No quiero más mentirte
Fingimos porque no somos capaces de enfrentar la realidad con todas sus miserias. Y de puro mentir, terminamos vacíos del más mínimo rastro de autenticidad. Una vida que es una pura farsa. Y la realidad se vuelve más miserable todavía. La mentira, a la larga, no construye un mundo más amable.
Mentira, vendida
Moralidad que me intoxica
Mentiras, hundidas
Flagelo que mi corazón
No olvida, mentira
Las tentaciones destructivas
Mentira, medida
No quiero más mentirte
¿Con qué derecho exijo la verdad? ¿Cuántas mentiras tenemos cada uno de nosotros en nuestro haber que nos impiden exigir a los demás lo que nosotros no cumplimos? Mentiras a mi, a él, al otro…para ti, para mi, para K, para T, para A, para todos… ¿Dónde, cuándo, con quién, por qué? Él me dijo “también me miente a mi”… pero porque tú se lo pediste… para que yo creyera que sólo a mi me dices la verdad. Otra mentira dentro de otra mentira… mentiras encadenas, hiladas, contenida una dentro de otras, igual que en una muñeca rusa matrioska, en una sucesión infinita. Mentiras hasta el absurdo. La realidad pierde el sentido y prevalece un mundo irreal construido a base de mentiras. Ahora le llamamos “mundo virtual”, bonito eufemismo. Pero esta historia es tan vieja como la Humanidad. Sólo cambian los disfraces.
Y construimos amistades, amores, afectos, alianzas y mundos… basados todos en mentiras. Y ya se sabe, lo que se basa en la mentira tiene fecha de caducidad.
Mentira, servida
El vino y pan de cada día
Mentira, atrevida
Bolero de mi corazón
Amarga, saliva
Sabor a culpa y a agonía
Mentira, divina
No quiero más mentirte amor
Libérate, rompe la maraña de cadenas que las mentiras han tejido sobre ti. Si de verdad quieres a alguien, no te ocultes bajo una capa de mentiras. Muéstrate tal como eres, con todas tus grandezas y miserias al descubierto. Ellos no se aprovecharán de tu sinceridad para señalarte con el dedo, si es verdad que te quieren.
Nunca mientas por no ofender, por compasión. A la larga se darán cuenta y será una fuente de amargura. Busca una manera amable de decir las cosas y seguro que la otra persona lo entenderá.
Nunca manipules con mentiras a quien te quiere, es una horrible falta de respeto. Insultar su inteligencia con burdas mentiras a quien te está dando afecto solo conduce a perder el cariño y llenarlo todo de resentimiento y desconfianza. Por favor, no le mientas más, para no tener que seguir viendo la triste mirada de quien ya lo sabe y hace tiempo padece tus mentiras en un resignado silencio.
Mentiras, medias verdades, silencios… destruyen la confianza depositada en ti por quien te quiere y matan su ilusión.
Mi corazón
Late por ti
Dentro de mí
(Y siempre busco la verdad)
Mi corazón
Nunca dejó
Tu corazón
Reserva el uso de la mentira solamente para sobrevivir en este mundo sin alma. Pero nunca la uses con las personas que quieres y te quieren. Contruye un santuario lleno de verdad en tu corazón y dedícalo a tus elegidos. Solo los valientes enfrentan la realidad con la verdad. ¿Y tú, qué vas a hacer?
Nota: las poesías son fragmentos que pertenecen a la letra de la canción "Mentira" del grupo chileno "La Ley". En este enlace se puede ver el vídeo oficial de la interpretación en vivo de la canción:
http://www.youtube.com/watch?v=d1dcXgGQT2M
Me llamo LX y soy una chica que... no se cómo definirme. Lée la letra de ésta canción si quieres saber cómo soy.
SOY LO QUE SOY
Yo soy lo que soy,
mi creación
y mi destino.
Quiero que me des
tu aprobación o tu olvido.
Este es mi mundo.
¿Por qué no sentir orgullo de eso?
Es mi mundo
y no hay razón para ocultarlo.
¿De qué sirve vivir
si no puedo decir
soy lo que soy?.
Soy lo que soy,
no quiero piedad,
no busco aplausos.
Toco mi propio tambor,
dicen que esta mal,
yo creo que es hermoso.
¿Por qué tengo que amar
segun los otros dicen?
Trata de entender
las cosas de mi mundo.
La vergüenza real
es no poder gritar
yo soy lo que soy.
Soy lo que soy,
no tengo que dar
excusas por eso.
A nadie hago mal,
el sol sale igual
para mi, ellos.
Tenemos una sola vida sin retorno.
¿Por qué no vivir
como de verdad somos?
No quiero fingir,
no voy a mentir.
Yo soy lo que soy.
Paren de censurar,
hoy quiero gritar
yo soy lo que soy.
(Letra y música de Sandra Mihanovich)
Viernes por la noche. Un paseo inmoral
Un relato real de LX.
Y así salgo yo a bailar... con zapatos de tacón altísimos, minifalda y cogida a medias. Mi amiga me espera en su casa... está hermosa y provocativa, mostrando sus pechos enormes y calientes deseosos de mambo... rechazando todo lo que sea vulgar... esos pechos merecen algo más.
Suena a lo lejos la musica de Madonna “Ray of life” y nosotras, sin importarnos nada, estábamos allí en la juerga de turno, provocando, seduciendo. No será díficil encontrar un príncipe esta noche. Uno que nos de buen sexo y nos llene la cuenta en el banco, por lo menos por hoy. Aunque, lo que no será tan fácil es encontrar alguna mesa en éste bar restaurante para tomarnos una copa. Tenemos encima todas las miradas asesinas de las señoras. Me imaginé por momentos ver detrás de una mesa una secuencia de Ally Mc Beal poseída lanzando cuchillos. No lo podíamos evitar...
Pasadas las 12 de la noche, y en medio de una juerga descomunal con alcohol y otras cosas, por fin encontramos a una pareja de chicos despistados que querían mambo. Yo aún sin saber si seguía virgen o no, le propuse conocer el hotel “Le Privee”, muy conocido en aquella época por su discrección, sus habitaciones temáticas y sus suites ambientadas en grandes ciudades europeas. En aquel momento (hace 10 años) era todo un lujo, la suite costaba alrededor de unos 150 dolares. Ellos accedieron y allí fuimos los cuatro. A montar una fiesta de ensueño... a entregarnos completas... a pensar que serían algo especial y que la noche no acabaría. De sueños también se vive... y todo eso se quedó sólo en sueños.
Se esfumaron al amanecer sin dejar rastro. Al menos puedo decir que, mi primera vez, es la que elegí. Y fue esa, en Paris, dentro del hotel “Le Privee”.